Rotura del ligamento cruzado posterior de la rodilla: síntomas, tratamiento y recuperación

Cirugía artroscópica de rodilla en Gijón

Una lesión del ligamento cruzado posterior (LCP) pasa con frecuencia desapercibida y a menudo se diagnostica tarde. Es mucho menos habitual que la del cruzado anterior y sus síntomas suelen ser más discretos. Esta página está pensada para quienes se han dado un golpe fuerte en la rodilla, por ejemplo, en un accidente de tráfico o en un deporte de contacto, y para quienes ya tienen un diagnóstico y quieren comprender sus opciones. En ella le explico, con los estudios más recientes y mi experiencia como traumatólogo en Asturias, cuándo basta la rehabilitación, cuándo conviene operar y en qué casos es posible conservar el ligamento propio.

Rotura del ligamento cruzado posterior en Asturias

Casi siempre empieza con un golpe directo. La rodilla flexionada choca contra el salpicadero del coche, contra el suelo en una caída o contra otro jugador. A diferencia de la rotura del cruzado anterior, no suele haber un giro ni un chasquido evidente. Al principio, el dolor puede ser moderado y el paciente sigue caminando, por lo que muchas lesiones pasan desapercibidas durante semanas.

Pero no es una sentencia: el LCP tiene más capacidad de cicatrizar que el anterior. Muchas roturas parciales evolucionan bien sin cirugía y, en las roturas completas, hoy disponemos de técnicas que permiten reparar el ligamento o reconstruirlo con buenos resultados. Esa es también la forma en la que abordo esta lesión en el Hospital Begoña de Gijón: conservar lo que se pueda conservar y reconstruir solo cuando haga falta.

¿Qué es el LCP?

El ligamento cruzado posterior es el más fuerte de la rodilla, siendo casi el doble de grueso que el anterior, junto al que forma el «pivote central» de la rodilla. Une el fémur con la parte posterior de la tibia; se cruza con el cruzado anterior en el centro de la articulación y su función principal es impedir que la tibia se desplace hacia atrás, manteniendo la estabilidad de la rodilla. Está formado por dos haces que trabajan en conjunto: el anterolateral se tensa principalmente con la rodilla flexionada y el posteromedial, con la rodilla en extensión.

Cuando se rompe, la tibia “cae” hacia atrás respecto al fémur. Con el tiempo, esa holgura sobrecarga la parte delantera de la rodilla (entre la rótula y el fémur) y la parte interna, y por eso una lesión que no se trata bien puede acabar desgastando el cartílago. La rotura puede ser parcial o completa.

Por delante de él se encuentra el ligamento cruzado anterior (LCA), que se lesiona con mucha mayor frecuencia. En esta página me centro en el posterior.

¿Cómo ocurre la lesión?

El ligamento cruzado posterior se lesiona con menor frecuencia que el ligamento cruzado anterior y casi siempre tras un traumatismo. Los mecanismos más habituales son tres:

En los traumatismos de alta energía, el cruzado posterior rara vez se rompe de forma aislada. Con frecuencia se acompaña de lesiones de la esquina posterolateral (conjunto de estructuras de la parte externa y posterior de la rodilla), de los ligamentos colaterales o del menisco, y estas lesiones asociadas condicionan el tratamiento. Conviene detectarlas a tiempo para tratarlas a la vez.

Síntomas de una rotura del LCP

Los síntomas suelen ser más sutiles que los de una rotura del LCA:

Si tras un golpe la rodilla se va hacia fuera al caminar o el dolor es intenso en la parte externa, conviene consultar pronto porque puede haber una lesión de la esquina posterolateral, que necesita tratarse en las primeras semanas.

Diagnóstico de la lesión del ligamento cruzado posterior

En la consulta, la exploración es la clave. Con el paciente tumbado y la rodilla doblada, observo si la tibia se hunde hacia atrás por su propio peso (posterior sag) y realizo la prueba del cajón posterior, comparando siempre con la rodilla sana. Así valoro cuánta laxitud hay. Además, exploro los ligamentos colaterales y el LCA, y realizo las maniobras de menisco y de cartílago. La inflamación y dolor dificultan la exploración inicial.

La radiografía simple permite descartar fracturas y determinar si el ligamento ha arrancado un fragmento óseo de la tibia (avulsión). La resonancia magnética confirma la rotura, muestra en qué punto ha cedido el ligamento y permite valorar posibles lesiones asociadas en el menisco, el cartílago y los demás ligamentos de la rodilla.

En las lesiones antiguas la resonancia puede engañar. El LCP cicatriza con facilidad, pero a veces lo hace alargado, quedando continuo en la imagen aunque la tibia siga cayendo hacia atrás. Por eso, en algunos casos, solicito radiografías de estrés, que miden con precisión cuánto se desplaza la tibia respecto a la rodilla sana.

Si hay una lesión asociada de la esquina posterolateral, el tiempo cuenta, así que es mejor no retrasar la consulta.

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Hospital Begoña · Pablo Iglesias 92, Gijón

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Tratamiento

No existe un tratamiento único para todos. La decisión depende de la laxitud, de si hay otras estructuras dañadas, del punto en el que se ha roto el ligamento y de la actividad que cada paciente quiera recuperar.

Tratamiento sin cirugía

Las lesiones aisladas con poca laxitud suelen tratarse sin cirugía, con una ortesis específica que sujeta la tibia para que no se desplace hacia atrás y con un programa de rehabilitación centrado en el cuádriceps. En la fase inflamatoria se recomienda reposo, hielo, compresión y elevación. Los resultados son buenos: cuando el tratamiento empieza en las primeras cuatro semanas, alrededor del 90 % de los deportistas juega al mismo nivel a los dos años, y la vuelta a la competición llega, de media, a las 16 semanas.

¿Cuándo hay que operar?

Planteo la cirugía en estos casos:

En las lesiones aisladas, la cirugía deja la rodilla con menos laxitud residual que el tratamiento conservador (unos 3,4 mm frente a 5,5 mm de desplazamiento hacia atrás) y se observa artrosis con menos frecuencia (21,5 % frente a 44,1 %).

Reparación primaria del LCP: #savethepcl

Cuando el ligamento se ha arrancado en su inserción femoral y el tejido es de buena calidad, lo vuelvo a fijar al hueso sin extraer ningún tendón. Por artroscopia paso dos suturas de alta resistencia a través del ligamento y las fijo al fémur con dos implantes reabsorbibles. Además, refuerzo la reparación con un “Internal Brace”, una cinta que protege la sutura mientras el ligamento cicatriza y que va de uno de los implantes en el fémur a otro en la tibia.

Los resultados publicados de la reparación del LCP son prometedores, con un 5 % de fallos globales, aunque todavía hace falta más seguimiento a largo plazo.

Reconstrucción del LCP

Si la reparación no es posible, sustituyo el ligamento por un injerto de tendón. Por artroscopia, hago un túnel en el fémur y otro en la tibia y fijo en ellos el injerto para que funcione como un nuevo ligamento. A diferencia del cruzado anterior, donde habitualmente utilizo la técnica “todo dentro” (all-inside), en la tibia del LCP prefiero un túnel completo, que atraviesa el hueso de lado a lado. En mi experiencia, esta opción permite introducir el injerto con mayor control en una cirugía que, de por sí, es técnicamente exigente.

El injerto depende de la lesión. En las lesiones aisladas utilizo el tendón recto anterior del propio paciente. En las lesiones de varios ligamentos, que son las más frecuentes, prefiero un aloinjerto, es decir, un tendón de donante, y el tendón de Aquiles es el ideal, ya que así evito sacar varios tendones de una rodilla que ya ha sufrido una lesión grave.

Cuando el LCP se rompe junto con otras estructuras, como la esquina posterolateral, trato todas las lesiones en una sola intervención o en dos tiempos, según su extensión.

Recuperación y vuelta al deporte

La rehabilitación del LCP tiene sus propias reglas. El peso de la pierna y la gravedad tienden a empujar la tibia hacia atrás, justo el movimiento que el ligamento debe frenar. Por eso se utiliza una ortesis que sujeta la tibia por detrás y se retrasa el trabajo aislado de los isquiotibiales para proteger la reparación o el injerto. El fortalecimiento del cuádriceps, en cambio, es clave durante toda la recuperación.

En todos los casos, el apoyo es parcial y se realiza con muletas durante las primeras semanas.

Tras una reconstrucción aislada, la ortesis se mantiene bloqueada en extensión durante las primeras semanas. La flexión se limita a unos 90° al principio y se libera progresivamente de la cuarta a la sexta semana. La ortesis se retira aproximadamente a las ocho semanas. Los isquiotibiales no se trabajan de forma aislada antes de las ocho semanas.

Tras una reparación con Internal Brace, la ortesis con soporte posterior se mantiene día y noche durante seis semanas, con la flexión limitada a 90°. Después, aumentan el apoyo y la movilidad, manteniendo la ortesis con soporte posterior durante aproximadamente otras seis semanas.

Tras la cirugía, la vuelta al deporte de contacto suele llegar más tarde que tras una lesión tratada de forma conservadora, porque el injerto necesita tiempo para integrarse en el hueso en el caso de la reconstrucción, y el ligamento para cicatrizar en el caso de la reparación primaria. El alta deportiva no depende del calendario, sino de los resultados en las pruebas de fuerza y función.

En general, el periodo de recuperación postquirúrgica oscila entre seis y nueve meses.

Frequently Asked Questions

En parte, sí. Tanto el cruzado anterior como el posterior pueden cicatrizar, pero el LCP tiene mayor capacidad para cicatrizar. Muchas roturas parciales curan con ortesis y rehabilitación, y a veces el ligamento cicatriza con cierta laxitud. Por eso el seguimiento es tan importante. Esa capacidad de cicatrizar también explica que, cuando el ligamento se ha arrancado de su inserción en el fémur y el tejido es de buena calidad, sea posible repararlo.

Depende de la lesión. Lo más frecuente es que el LCP se rompa junto con otras estructuras, como la esquina posterolateral, los ligamentos colaterales, el ligamento cruzado anterior o el menisco, en traumatismos de alta energía. Esos casos son más complejos que una rotura aislada del anterior y suelen requerir cirugía. La rotura aislada del posterior, en cambio, suele provocar menos inestabilidad en el día a día.

Depende. Lo más habitual es que la rotura se acompañe de lesiones de otras estructuras, y en ese caso la indicación suele ser quirúrgica. También se plantea operar una rotura aislada cuando es completa y persiste con síntomas a pesar de una buena rehabilitación, cuando hay mucha laxitud o cuando hay un arrancamiento óseo desplazado. Las roturas parciales aisladas, en cambio, suelen evolucionar bien con ortesis y rehabilitación.

Tras una cirugía, la recuperación suele durar entre seis y nueve meses, según la técnica empleada y las lesiones asociadas. En las roturas parciales aisladas tratadas sin cirugía, muchos deportistas vuelven a competir en unos cuatro meses.

Depende de la lesión, pero el LCP rara vez se rompe solo. Lo habitual es que haya algo más: la esquina posterolateral, otros ligamentos, el menisco o el cartílago, y algunas de esas lesiones conviene tratarlas en las primeras semanas, así que es mejor no retrasar la consulta. Solo una rotura aislada y bien tolerada puede tratarse de forma conservadora con buenos resultados.

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Si ha sufrido un golpe fuerte en la rodilla y nota dolor en la parte posterior, inseguridad al bajar escaleras o que la rodilla se va hacia fuera, puedo valorar su caso en mi consulta de traumatología deportiva en el Hospital Begoña de Gijón. Paso consulta los jueves por la tarde. Escríbame por WhatsApp y pida una cita conmigo.

Referencias

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